La idea de Europa, según George Steiner

La cultura es una invitación a cultivar la nobleza del espíritu. La cultura habla en voz baja: “Du sollst dein Leben ändern” (“Tienes que cambiar de vida”). La sabiduría que proporciona no se manifiesta con palabras sino con hechos. Ser “culto” no sólo requiere mucho más que erudición y elocuencia. Sobre todo, significa cortesía y respeto. La cultura, como el amor, no tiene capacidad para imponerse. No ofrece ninguna garantía. Y a pesar de eso, la única posibilidad que tenemos de alcanzar y proteger nuestra dignidad humana nos la brinda la cultura.

Los pararrayos tienen que estar conectados a la tierra. Hasta las ideas más abstractas y especulativas deben estar ancladas en la realidad, a la esencia de las cosas. ¿Qué sucede, pues, con la ‘idea de Europa’?

Los cafés europeos

Europa está hecha de cafés. Desde el café preferido de Pessoa en Lisboa hasta los cafés de Copenhague, por delante de los cuales pasaba Kierkegaard, abstraído, durante sus paseos. Si se dibuja el mapa de los cafés se obtendrá una de las referencias esenciales de la “idea de Europa”.

El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y el chismorreo, para el flâneur y el poeta o para el metafísico, con su libreta. Está abierto a todo el mundo pero también es un club. Una taza de café, un vaso de vino o un té con ron proporcionan un escenario para trabajar, para soñar, para jugar al ajedrez o, simplemente, para pasar el día cómodamente. En la Viena imperial y de entreguerras había tres grandes cafés que constituían el ágora, el lugar de la elocuencia y la rivalidad de escuelas opositoras de estética y de economía política, de psicoanálisis y de filosofía.

Las personas que deseaban ver a Freud o a Karl Kraus, a Musil o a Carnap, sabían exactamente en qué cafés buscarlos y el lugar que en ellos les tenían reservado. Lenin trabajaba en su tratado sobre el empirocriticismo mientras jugaba al ajedrez con Trotsky. Mientras haya cafés, la “idea de Europa” tendrá contenido.

Europa a pie

Europa siempre se ha podido hacer, y se puede hacer, “a pie”. Hombres y mujeres han trazado sus rutas caminando de una aldea a otra, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. La mayoría de las veces, las distancias tienen una escala humana y, por lo tanto, el viajero las puede recorrer a pie. Esta realidad determina una relación fecunda entre la humanidad europea y su paisaje, que ha sido modelado y humanizado por pies y por manos.

Aquí también vemos que la diferencia con Norteamérica, África o Australia es realmente radical. En América la gente no camina de una ciudad a otra. El esplendor del Gran Cañón o de los pantanos de Florida tiene que ver con una dinámica tectónica y geológica, pero no tiene ninguna relación con el hombre; incluso puede parecer una amenaza para él.

Calles con historia

Entre las calles y las plazas que recorren a pie los hombres, las mujeres y los niños europeos, hay centenares que tienen nombres de estadistas, militares ilustres, poetas, artistas, compositores, científicos y filósofos. Leer los letreros de sus calles es echar un vistazo a un pasado presente.

En cambio, en Estados Unidos, las avenidas, las carreteras y las calles están numeradas o, en el mejor de los casos, se distinguen por su orientación con el epíteto “norte” u “oeste” añadido al número.

El peso ambiguo del pasado en la idea y la sustancia de Europa proviene de una dualidad primordial. Se trata de la doble herencia de Atenas y de Jerusalén.

La herencia de Atenas y Jerusalén

El ideal socrático del análisis de la vida, la búsqueda platónica de certezas trascendentes, las investigaciones aristotélicas sobre las relaciones problemáticas entre la palabra y el mundo abrieron el camino que luego siguieron Tomás de Aquino y Descartes, Kant y Heidegger. Así pues, estas tres cumbres preeminentes del intelecto humano y la sensibilidad creativa: la música, las matemáticas y la metafísica, corroboran la afirmación de Shelley de que “todos somos griegos”.

No es en absoluto una exageración añadir que este destino surge también del legado de Jerusalén. El reto monoteísta, la definición de nuestra humanidad considerada en diálogo con lo trascendente, el concepto de un Libro supremo, la noción de ley como algo indisociable de unos mandamientos morales y nuestro propio sentido de la historia como un tiempo lleno de significado tienen su origen en la enigmática singularidad y dispersión de Israel.

El moderno apocalipsis

Mucho después de aquello que los historiadores han denominado “el pánico del año mil”, las profecías de catástrofes escatológicas y las numerologías que intentan establecer una fecha para ese apocalipsis saturan la imaginación popular europea. Es como si la civilización europea, a diferencia de otras, hubiese intuido que un día se derrumbaría bajo el peso paradójico de sus éxitos y la incomparable prosperidad y complicación de su historia.

Algunas propuestas

Así pues, permítanme señalar, de una manera inevitablemente inexperta y provisional, unas cuantas posibilidades que hacen que valga la pena intentar descubrir si la “idea de Europa” no tiene que quedar arrinconada en ese gran museo del pasado que denominamos historia. El genio de Europa es lo que William Blake habría denominado «la sacralidad del detalle mínimo».

Europa sin duda morirá si no lucha por sus lenguas, sus tradiciones locales y sus autonomías sociales.

La grandeza del homo sapiens consiste exactamente en eso: el logro de la sabiduría, la búsqueda del conocimiento desinteresado, la creación de belleza. Es entre los hijos de Atenas y de Jerusalén, a menudo cansados, divididos y confusos, donde podríamos volver a la convicción de que una “vida que no se somete a examen” no vale la pena de ser vivida..

GEORGE STEINER.

Catedrático de Cambridge. Referencias del discurso que pronunció en la conferencia Nexus (Holanda, 2004).